Realmente la fotografía nos hará sufrir pero también no dará muchísimas alegrías. Es un mundo algo contaminado por los estereotipos, por quien sabe más y por quien es mejor que el otro, cosa que tendremos que desechar desde el principio para poder permanecer en un estado puro y limpio para poder encontrar esa visión que todo fotógrafo busca y que muchos no encontrarán porque se pierden en el mar del vendido, del mercado gratuito.
Cuidar tu trabajo sin caer en la prostitución gratuita del intercambio de halagos perjudiciales que hace que engordemos de cuerpo pero adelgacemos de espíritu y mente.
La búsqueda de esa visión constante y trabajada es algo que no se consigue conociendo todos los mecanismos de una cámara, ni nada por el estilo, se consigue con el corazón siendo buena persona con uno mismo y con los demás. Alcanzar ese estado de pureza destinado a unos pocos se llega con el alma limpia, trabajando día a día sin prisa pero sin pausa mostrando y sintiendo lo que vemos, captando momentos en cualquier sitio con el corazón sin aspiraciones celestes sino más bien terrenales.
El Olimpo es mejor dejarlo para otros, porque si no llegaremos al final del camino y no habremos disfrutado y sufrido cada uno de los disparos de nuestra vida.
Si entramos en el arte pensando que nos vamos a ganar la vida con él, estaremos engañándonos a nosotros mismos, porque el tiempo nos dirá que nos hemos equivocado, nos pedirá que tenemos que derramar lágrimas de sufrimiento y desesperación y no estaremos dispuestos a perder ese tiempo, con lo que el arte nunca aparecerá.
El que ama y sufre este arte se da cuenta que el camino es duro pero está dispuesto a recorrerlo y sufrirlo en soledad. Esa soledad que a veces es grata pero que muchas otras veces es angustiosa. El que ama este arte buscará en cada rincón de su vida esa sombra que le hará sonreír y una vez que se haga amiga de ella nunca la abandonará. Se hará amigo de la luz para que le guie por el buen camino y poco a poco aprenderá a hacerse amigo de los que ven lo que los demás no ven, andando siempre por el filo con peligro de caer al lado oscuro de nuestro arte, ese lado que te hace caer en la hipocresía fotográfica, ese lado que te acabará convirtiendo en la copia de lo que fue copiado y será copiado y copiado por siempre jamás.
Saber cerrar los ojos y respirar en esos segundos previos al disparado, con el gusanillo que recorre el cuerpo del cazador que ve ya cazada la presa, soltando una media sonrisa al saber que ha encontrado lo que buscaba.
Eso es la fotografía estimado amigo.